Esclavos y obreros

2LX_Kn8rvT0Cuarenta mil en número llegaron a ser los esclavos que trabajaban en las minas de Cartagena cuando España era una provincia romana. Cada uno de ellos era considerado por los amos no como un ser humano, sino como una propiedad que podía ser comprada, vendida, jugada a las cartas o, incluso, sacrificada. Uno puede preguntarse por qué, en concentraciones tan grandes de esclavos como esta, no surgía entre ellos la conciencia de que su número les daba la fuerza para someter a sus amos y liberarse. Otro tanto podría decir el representante de una sociedad futura acerca de nosotros: “la empresa Nissan en Aguascalientes, tenía en 2016 a doce mil obreros trabajando sólo en una de sus plantas. Durante su jornada laboral de unas 10 horas, el tiempo de los obreros era considerado propiedad de sus patrones. Si eran numéricamente tan superiores a sus amos, ¿por qué no se rebelaban?”

Al igual que los esclavos de la antigüedad, los trabajadores de hoy no nos levantamos contra los amos porque aceptamos la sumisión como un hecho natural y porque nos consideramos incapaces de sobrevivir sin nuestros explotadores. Creemos que, de alguna forma, el capital que nuestros patrones poseen les da el derecho de ponernos a trabajar todo el día y arrebatarnos así la vida: ni más ni menos que hacían los romanos con sus esclavos. Nos han acostumbrado a ver el capital, propiedad de los patrones, como la fuente de la vida; pensamos que sin sus recursos económicos, nada se movería.

El gran éxito de la clase social que hoy nos domina se debe a que han logrado convencernos (a la clase dominada) de que no es posible otra forma de vivir aparte de la que ellos nos ofrecen. Nos han convencido de que la existencia de las clases sociales es necesaria para la subsistencia de la propia sociedad y de que la felicidad que podamos lograr en la vida depende del esfuerzo que pongamos en hacer lo que ellos nos digan.

En la antigüedad hubo esclavos contentos con su situación de esclavitud. Con mayor razón existen hoy muchísimos obreros contentos con su situación de explotados. Eso, sin embargo, no quiere decir que la esclavitud o la explotación sean cosas buenas; más bien es muestra de que, valiéndose de la violencia  y la persuasión ideológica, la clase dominante es capaz de convencer a sus sometidos de cualquier cosa.

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