La elección

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Por Iván. En los tiempos que corren existen unos trabajos más absurdos que otros. Hoy he visto, a través de la ventana del camión urbano, a dos mujeres jóvenes cuya labor consistía en sostener, cada una por un extremo, una lona con propaganda política. Cada que el semáforo se pone en rojo, ellas se colocan en la avenida para mostrar la propaganda a los automovilistas. En eso consiste su trabajo.

Ellas están ahí forzadas por su evidente pobreza. Pero esa, su pobreza evidente, queda opacada, a los ojos del transeúnte, por la pobreza de ideas de la propaganda que muestran. Es la imagen de dos candidatos sonrientes y sus abstractos slogans: “De que te cumplo, te cumplo”; “La fórmula ganadora”.

La cara de hartazgo de ambas mujeres expresa mucho más de lo que puede leerse en su lona. Ya la sostienen con una mano, ya con la otra; se dan la vuelta cuando la ardiente incidencia del sol se ha vuelto insoportable.

Soportar el sol y las miradas. La lona se dobla por falta de tensión y los rostros de los candidatos se deforman. Da igual; lo importante es que el día termine lo más rápido posible para regresar a casa con 200 pesos en la bolsa y una jornada menos por padecer. Sólo un pobre está hecho para tarea tan penosa e irrelevante. A los partidos políticos nunca les falta gente que reparta sus volantes y sostenga sus lonas.

La ciudad se llena con este espectáculo surrealista: pobres entregando propaganda cara a otros pobres.

Hoy por la mañana al candidato del PRD se le ha escapado una dura verdad en la entrevista de radio: “La gente educada, de clase media, casi no vota; están desencantados de la política. Nosotros vamos a hacer campaña a los asentamientos irregulares”.

Así es. En este fin de los tiempos la miseria lo determina todo.

Ayer por la noche vino a tocar la puerta de mi casa un grupo de mujeres:

—Venimos haciendo una encuesta— Dijo la de mayor edad. —¿Simpatiza usted con Lorena? ¿votará por ella?— preguntó en voz mucho más baja.

—No.

—Ah. ¿Votará entonces por el PAN?

—Menos.

—¿No va a votar?

—No.

—Bueno. Disculpe.

Ninguna de ellas portaba nada en qué tomar nota; era obvio que no realizaban ninguna encuesta. Eran operadoras de compra de votos. Para seguir el juego mi respuesta debió haber sido: “posible mente sí” o “todavía no lo he decidido”. Entonces hubieran venido las insinuaciones burdas y el ofrecimiento de un “apoyo”; de un “estímulo para que no se quede sin ejercer su derecho”, etc.

Es muy entendible que el sistema electoral quiera vender una imagen de democracia. Lo que no me resulta tan claro es a quién. ¿A quién? Si la gente educada de clase media no vota; si los pobres somos testigos directos del engaño. ¿Quién consume esta mentira?

Lo pienso y sólo acude a mi mente un sector atarantado de nuestra sociedad capaz de consumir esta clase de ilusiones: la izquierda parlamentaria y sus votantes.

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