Esa disputa que se traen entre anarquistas y comunistas

13282177_540448519487354_1429224003_nPor Iván. Los comunistas ven en todo anarquista un liberalista radical; un defensor de la idea de libre cambio. Los anarquistas ven en todo comunista un defensor del autoritarismo; un enemigo de la libertad al que le basta cambiar de amo con tal de seguir teniendo uno.

Los anarquistas dirigen su crítica al comunismo guiados por un culto dogmático de la libertad. Su visión de esta no admite puntos medios: no puede haber Estado intermedio; la libertad ha de ser total o no será. Sus concepciones, en particular la de la libertad, suelen ser absolutistas y, en ese sentido, autoritarias.

Los comunistas dirigen sus críticas al anarquismo guiados por un culto dogmático de la objetividad. No les gusta la idea de engañarse a sí mismos. Saben que las aspiraciones anarquistas no son realizables porque parten de una interpretación de la realidad unilateral, donde sólo cabe pensar en ideas absolutas. Los comunistas poseen una teoría que no puede concebir la realidad de otra forma que no sea planteándose las condiciones reales de su transformación, es decir, de una teoría crítica en el sentido más clásico de esta expresión. Un comunista puede sacrificar la escasa libertad de que dispone en la lucha por la emancipación de su clase; sabe que, a fin de cuentas, esa libertad es ilusoria. El anarquista en cambio, al percibir la libertad como un ente real que actúa en él como un espíritu divino, no es capaz de sacrificar su ilusión, aunque sí lo es de morir por un ideal abstracto.

El uno vive en la fría y dolorosa realidad; el otro en una concepción abstracta de un valor que le ha sido impuesto como dogma del mercado.

Uno de ellos está enajenado. Cuando la enajenación se insufla en los espíritus por medio del ideal opuesto a la propia enajenación (el ideal de la libertad), significa que el sistema ha aprendido a dominar la dialéctica. Ha conseguido el arma ideológica más poderosa de la historia: la ilusión de libertad.

El comunista estará dispuesto a “cambiar de amo”, siempre que este “amo” o mejor: este “partido” represente sus intereses reales, que no son otros que los intereses de toda su clase. Y es que el comunista cree en la democracia; asume que un organismo constituido por individuos conscientes y con el objetivo claro de generar condiciones reales para la emancipación de la clase a la que representa, permitirá un rango mayor de libertad individual que el que se puede gozar en un Estado dominado por una clase ábida de ganancia y cuya función administrativa está enfocada al sometimiento de la clase antagónica. El anarquista que se dice demócrata y se la pasa reivindicando los derechos de las minorías a no sujetarse a consensos democráticos, se engaña.

El anarquista dice del comunista que es dogmático. En efecto, un comunista honesto debe admitir que conserva un cierto grado de dogmatismo. Este dogmatismo aumenta de manera proporcional a la falta de formación marxista del comunista y a la exaltación desproporcionada de figuras y momentos históricos que esta falta de formación conlleva. Sin embargo, el comunista es dogmático sólo y en el mismo sentido que lo es cualquier científico cuya teoría todavía puede explicar de manera satisfactoria la parcela de realidad a la que está abocada. El marxista es dogmático en tanto que cree en su teoría; es decir, en tanto que cree en la capacidad humana de generar interpretaciones apropiadas de la realidad; en pocas palabras, en tanto que no es escéptico. Sólo en este sentido. El comunista es dogmático en un sentido relativo; el anarquista lo es, como en todo, en un sentido absoluto. Sólo logra salir de su dogmatismo por medio del relativismo: esa decadente postura escéptica que lleva a los espíritus pequeños a encerrarse en sí mismos. El anarquista, como seguidor de una doctrina unilateral, vive encerrado en ese dilema clásico que el racionalismo no pudo superar: creerlo todo o no creer en nada.

El estado mental producto de esta zozobra intelectual lleva a cada anarquista a convertirse en un anacoreta urbano: un apartado. Su esclavitud sólo se hace una imagen de libertad en la soledad; pero la soledad no es llevadera con pocas ideas; el anarcoreta convierte la libertad en algo por lo que es preciso sufrir. Como buen liberalista, el anarquista sufre su soledad tras una sonrisa de magnanimidad. Los grandes espíritus se aíslan para estar mejor acompañados; los pequeños por temor.

Han existido grandes espíritus anarquistas que llegan a trascender una teoría deficiente. Contradictorios liberalistas generosos; liberalistas comunitarios. Los ha habido; pero más bien como una anomalía; como un saludable impulso por convertir su teoría en algo realizable. Estos ¿anarquistas? Suelen terminar asumiendo el método marxista sin reconocer las conclusiones que Marx sacó de él. Eso ya es positivo. Son capaces de llegar a un análisis muy certero de la realidad, pero no extraen correctamente, de dicho análisis, las condiciones objetivas para un cambio revolucionario. Quien no es capaz de ver los puntos intermedios de un desarrollo; quien sólo puede ver el punto de partida y el punto de llegada, no podrá generar un plan revolucionario. Por esta causa, el anarquismo concibe la revolución como un salto espontáneo de la esclavitud a la libertad, como una subversión que libera destruyendo. Piensan la libertad como un contenido que naturalmente se encuentra en el espíritu humano y al cuál le basta con ser liberado: esencialismo puro.

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