En el parque

Por Iván

imagenes-graciosas-animales-burro-pHay que saber vivir —me dijo aquel viejo jardinero— ponerse donde no trabaje uno tanto; saber cómo hacer las cosas. Por ejemplo: a mí me gustan las carreras de caballos. Siempre hay modo de arreglarse con el dueño de un caballo o con el jinete. ¿Quién le va a reclamar al caballo? Metes una buena apuesta, le das una pequeña parte al cuidador para que se le olvide aplicar la inyección; y listo; tienes dinero fácil. Lo mismo se hace en los gallos: uno se arregla con el echador para que le clave los dedos pulgares por la base de las alas y el animal pierde fuerza. ¿Cómo le preguntan al animal difunto? Hay que saber hacer negocios.

Pero eso es robar ¿No cree?

Esas cosas todo mundo las sabe ¿apoco a las autoridades les preocupa? Ellos lo permiten porque ¿qué tiene de malo?

¿Deja de ser un robo porque las autoridades lo permitan?

Pues si a ellos también les conviene. Cobran su impuesto y como que no pasó nada.

Sí. Entiendo que lo permitan, pero lo que le pregunto es si algo se hace legal porque una autoridad lo hace o lo permite.

Eso qué más da. No ande pensando en esas cosas joven. El mundo así no camina.

Pero dígame. ¿Le haría la misma recomendación a uno de sus hijos; le diría que consiga dinero así?

Mis hijos son trabajadores. Ellos no ocupan de esto.

Entonces no se los recomendaría ¿verdad?

Mis hijos ganan mucho dinero. A uno lo tengo en el norte; a otro lo acomodé en el IMSS. Fíjese; es lo que le digo: hay que saber vivir; ónde moverse; con quién arrimarse. Sin palancas lo acomodé.

¿Sin palancas? Pero con una feria ¿no?

No. Sin dinero.

Todo mundo sabe que las plazas en el IMSS no se regalan; se venden.

Pues yo sin gastar un cinco. Nomás me dirigí con el mero director general. “Yo no puedo hacer esas cosas” —me decía. “Yo sé que sí puede patroncito” —le dije— “Usté aquí puede todo”.

¿Y eso no es buscar palancas?

Eso mero, buscarlas. Pero yo no las tenía. Hay que saber buscar las palancas. ¿Pos luego?… ¿cómo más se hacen las cosas si no? Eso es saber moverse. Fíjese; usted dice que en las empresas privadas la gente no es tan hüevona; pos yo trabajé 20 años en una empresa privada presentándome nomás dos horas al día y cobrando mi buen salario. De ahí me jubilaron a los 47 años de edad; desde entonces cobro mi pensión. ¿Yo qué culpa tengo? Si el jefe me daba chance ¿yo qué hacía? Los patrones tienen la culpa por no estar al tiro; ¿uno qué? Uno agarra lo que le den.

¿Y qué hacía con tanto tiempo libre?

Tenía otros trabajos. Mis queridas. O me iba a vender boletos. Fíjese; si la cosa es sencilla, pero la gente no se pone lista. Me voy al estadio, o a la plaza de toros cuando va a haber una buena corrida. Compro todos los boletos que puedo; si no me los quieren vender, le paso su mochada al boletero ¿usté cree que no le cae bien un dinerito por cada boleto? Entonces me voy tempranito el día de la corrida o del juego y me espero a que se terminen. Mucha gente ya sabe que yo tengo; ahí nomás se me arriman. Si no, los ofrezco a los que quieren entrar. Les gano el doble. La gente se quiere entretener ¿yo qué culpa tengo? Yo nomás le busco. ¡Noooo joven! si usted supiera a cuántas viejas he tenido. No le alcanzaban las hojas de una libreta para apuntar sus nombres. Me llegan ¿qué hago?… Sin ir más lejos; el otro día, que se me acerca una muchacha; una jovencita. Bonita de a tiro, de unos 20 años. Me dice que no anda pidiendo, que le da vergüenza, pero que si no le puedo prestar 30 pesos por unos aretes que trae; que luego viene por ellos. Traía una criaturita de brazos. Que al tipo que se la hizo ya no lo volvió a ver. Le di 20, para que no dijera que traigo mucho dinero. Y que me dice: “Mire señor, yo vivo sola, en un cuartito que me prestaron, porque mi mamá me corrió de la casa. Hasta me dan ganas de invitarlo a vivir conmigo”. Yo le dije que así viejillo como estoy, soy celoso; que si un día me entero que trae otro se lo mato. Ella me juró que no tiene hombre. “¿Y no le hace que esté yo tan mayor?” —le pregunté. “No le hace; eso no importa” —dijo ella. “¿Y si un día no traigo ganas o de plano no puedo satisfacerte en la cama?” —dije yo. “Pues me aguanto” —contestó. Y así he sido siempre; a lo derecho.

¿Y qué hace con tanto dinero que gana?

Me lo gasto, porque el dinero no es pa´guardarse.

Pero ¿Cómo lo gasta?

Pues por ejemplo, ahorita, en mi esposa, que la tengo enferma.

¿Y antes?

Pues en vivir bien, nomás.

¿Qué es “vivir bien”?

Pos no estar deseoso de nada; darse uno sus gustos; pasearse. Saber estar donde no lo pongan a uno a trabajar, como ya le dije. Estar bien con los jefes, echarle ganas cuando ellos andan cerca.

Oiga, y, si le ha ido tan bien ¿Por qué sigue trabajando?

No me gusta estar sin hacer nada; me aburro. Además, ya vio usted que yo aquí nomás hago como que trabajo. Fíjese: llevamos casi una hora platicando y a mí ni quién me diga nada. A usted ya lo hubieran corrido. A mi hasta me felicitan los jefes; dicen que soy muy trabajador. Hasta me mandan a que me ponga a descansar un rato cuando me ven barriendo.

Claro; pero si ellos no tienen idea de lo que es trabajar ¿Qué se imagina usted que hacen en su oficina de administración del parque?

No se crea, sí trabajan. Pues si son los jefes. Ellos sí saben vivir. Usté había de hacer lo mismo que ellos; arrímese al gobierno. Ahí está la vida fácil. ¿Para qué quiere trabajar tanto?

Hay muchas formas de vivir señor, nomás que unas son más buenas que otras.

Eso sí. Eso que ni qué; pos si es lo que le estoy diciendo.

Entonces ¿Está usted satisfecho con su vida?

Muy satisfecho.

Como quién dice, se puede usted morir tranquilo.

¿Qué pasó amigo? ¿Cómo que morirse?

Es un decir. O sea que usted no tiene nada de qué arrepentirse.

Nada. Hice lo que quise. Ya cuando mi padre Dios quiera recogerme, yo ya hasta tengo todo arreglado; tengo mi lugar en el panteón, mi cajón pagado; todo.

¿Ah sí?

Sí. Para no dejar problemas.

Qué más le da eso ¿Le importa dejar problemas a los demás?… ¿Deja usted buenos recuerdos?

De eso nada. Yo le he dicho a mi vieja que no quiero que me recuerden. Ni quiero que me lloren; que se eviten hipocresías. Ni yo le lloraría a ella; ya lo sabe. Le rezo sus tres rosarios diarios, para acabar en tres días y después de eso ya ni me acuerdo. Ella lo sabe. Cuando se lo dije, reconoció que ella tampoco me recordaría si yo me fuera antes; ni me lloraría sinceramente. Entonces, pos mejor así, derecho. Ya me voy joven; Es mi hora de salida. Piénsele, no sea menso ¿qué se gana ahí cargando botes? Póngase donde no batalle.

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