Una educación para la democracia

Por Iván.dialogo

¿Qué tan lejos estamos en México de tener un sistema educativo que prepare a los futuros ciudadanos para un régimen democrático?

Muy lejos. Tenemos un sistema educativo que prepara para la sumisión, para la no reflexión, para suprimir la curiosidad y la actitud crítica.

¿Cómo tendría que ser una educación para la democracia?

1. En primer lugar tendría que ser una educación realmente científica. En una sociedad donde padecemos un marcado resurgimiento de las religiones y los fanatismos, la educación debería oponerse resueltamente a esos dogmas que degradan el espíritu humano. La educación científica ayuda a construir una personalidad democrática porque, en lugar de condenar la duda, la alienta; estimula en los niños su natural tendencia a hacer preguntas y su hambre por comprender el entorno natural. Nada más nocivo para la democracia que esas escuelas religiosas de paga donde se les inculca a los niños una obediencia ciega a la autoridad, un sometimiento a dogmas irracionales y una visión elitista de la sociedad donde ellos deben prepararse para ser los jefes. En esos lugares, que abundan cada vez más, se educa para el fascismo. Antidemocrática es también esa educación que se imparte en establecimientos públicos, donde se le resta deliberadamente importancia a las ciencias naturales y sociales para poner en el centro de la labor docente las matemáticas y las lenguas (español e inglés). Educación, por un lado, para trabajadores dóciles, irreflexivos pero capaces de un razonamiento bien estructurado, complejo, brillante, aplicado sólo a la resolución de problemas en la producción; por el otro, para jefes y patrones.

2. Tendría que ser una educación que fomente una actitud crítica. Donde la Historia no se vea como un recuento de hechos sepultados en el pasado, muertos; sino como un elemento constitutivo de la realidad social que debe ser comprendido y no memorizado; cuestionado y no considerado como sagrado y, sobre todo, como una fuente de enseñanza constante. La enseñanza de la ciencia vuelve a ser central en este aspecto, pues la actitud crítica se fomenta mostrando explicaciones científicas claras y no mecánicas, reflexionando sobre la forma en que se llegó a tal o cual conocimiento, resaltando la actitud de los científicos que desarrollaron el conocimiento humano gracias a que no se conformaron con dogmas y se atrevieron a cuestionar.

3. Una educación democrática debe hacer reflexionar a los educandos sobre sus propios intereses. Llevarlos a relacionar estos intereses con el interés de la sociedad en que viven. La democracia real implica que nadie vive para satisfacer intereses ajenos. Los niños deben comprender que sólo sus intereses propios, los de la sociedad que habitan y los de la humanidad, son intereses por los que vale la pena luchar y aprender. Una educación que ignore este elemento será una educación para sirvientes, no para ciudadanos libres.

4. Se debe fomentar el amor por los valores democráticos; en especial por la libertad y la justicia. El amor a la libertad se manifiesta por el valor que se otorga a la educación misma; para esto hay que fomentar en los niños un afán de auto-construcción, de constante superación de sí mismos por medio del conocimiento y el trabajo. Este amor a la libertad se manifiesta también en el repudio del autoritarismo, en la capacidad de indignarse ante las arbitrariedades. Aquí el amor por la libertad se relaciona con el amor a la justicia. La educación en ciencias humanas y naturales debe llevar a los niños al reconocimiento de la dignidad humana; esta debe ser la base de su exigencia de trato igualitario y respetuoso hacia su persona y hacia la de los demás. El amor por la justicia se manifiesta en la exigencia de un trato respetuoso e igualitario hacia todos los seres humanos; en el respeto de las leyes cuando son producto de la razón, de la democracia y de la comprensión; y en su violación cuando son impuestas, antidemocráticas e irracionales.

Así, una educación democrática debería centrarse en fomentar la empatía y el reconocimiento de derechos y obligaciones.

5. Una propensión a dialogar. En el sistema educativo actual es la autoridad la que resuelve problemas, la que zanja las discusiones e impone su criterio. A los niños, en cambio, hay que educarlos para que puedan expresar sus ideas y, sobre todo, para que sean capaces de escuchar las de los demás. En una sociedad individualista se nos acostumbra a tomar en cuenta sólo nuestros razonamientos e intereses; la educación democrática debe ir en contra de esta tendencia; formar ciudadanos capaces de expresarse, escuchar y llegar a acuerdos.

“Saber escuchar” en el sentido de “apertura” en que aquí lo utilizamos, es muy diferente de la “tolerancia” a que constantemente alude el sistema propagandístico burgués. La “tolerancia”, valor central de la democracia burguesa, suele significar ser lo suficientemente indiferentes hacia  los puntos de vista ajenos como para no condenarlos ni aceptarlos; es un respeto basado en la indiferencia; una tolerancia sin empatía, basada en una legalidad dogmática (libertad de expresión como fin en sí mismo). El diálogo verdadero supone más apertura que esa; supone la disposición real a cambiar de opinión junto con la obstinación de seguir la discusión mientras los puntos de vista no sean comprendidos; es un esfuerzo empático de la máxima comprensión posible.

Y es que no podemos esperar empatía detrás de la tolerancia burguesa. ¿Qué empatía cabe donde se tolera la miseria, la muerte por inanición, el embrutecimiento como medio de control?

6. Esto nos lleva a otro aspecto a considerar para una educación democrática: la percepción de la desigualdad. No podemos pretender educar en la democracia a niños sumergidos en un ambiente de abierta desigualdad, donde es tan patente que unos pocos deciden por los demás. Puede resultar contradictorio para los niños que se les hable de igualdad de derechos mientras ellos perciben un mundo tan desigual, donde mucha gente parece no tener derechos y vivir al margen de las legislaciones referentes a derechos sociales. En todo caso, debemos dejar patente, para ellos, que la igualdad legal es una farsa en ausencia de una igualdad económica; pues la extrema riqueza y la extrema pobreza nunca podrán convivir en igualdad de derechos. Un ciudadano democrático debe ser intolerante hacia la riqueza excesiva igual que hacia la miseria económica; democracia es intolerancia hacia la injusticia.

Así pues, podemos concluir diciendo que una educación democrática ha de ser, necesariamente, una educación científica, basada en valores igualitarios y, sobre todo, anticapitalista.

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